La sepultura incierta

de la concordia del alma,

tras osadía y odisea,

se levantará en cólera divina

bajo el cielo gris en recipiente

que augura la angustia.

El río cobrará su cauce,

y el ardor de la pérfida mordida

será el instrumento de guerra

que inspirará al espíritu fatigado

más allá del umbral de la autonomía.

El recuerdo fracturado

Plaña arrinconado

Es un endeble suspiro atormentado

Que se niega a claudicar

Ante las olas de un colérico mar

Sus lamentos vienen a jugar

Y se impregnan cuan arpía

Con alma de niño acongojado

Que añora la calidez

De su legítimo hogar

Se burla el amanecer

Humano, cínico descontrolado

Cuando sus rayos se dejan entrever

Quebrando eufonías y salivando hipocresías

Ente de veracidad aguijoneada

¡Qué los demonios se despierten con vuestra llamarada!

¡Herejes dancen de par en par

en el alquitrán del agujero señorial!

En sueños os he visto pintar con daga de plata

Vuestro corazón ancestral

Y por más que os he visto dudar

Gallardo empuñas un himno

Epinicio de insólito destino

Y noctívaga perpetuidad

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¡Simiente del oscuro tutelaje, abogante transcendente;

tú, que inadvertida izas sombras en los pantanos de la gente; tú!

Simiente del exilio intransigente del olvido y la inconsciencia,

desciende del trono negro de la verdad plena

y consagra mi presencia con tu mano guerrera.

Hoguera del sagrado árbol nocturno, ubicua numinosa,

despoja los rasgos de la esclavitud recóndita

para que el cadáver viviente en los jardines del fulgor inverso

se arranque los huesos y reclame su imperio

más allá del péndulo mordaz de los dioses durmientes.