Flores de corazón saturnino, mustio azulino

brotaron a la orilla de la tierra subliminal infrasombría.

En la pálida penumbra el amor lloró,

sus lágrimas hurtadas de los arroyos y suelos baldíos reprimidos.

¡Pero qué conducta tan fascinante la del fantasma afligido!

Su estela fue pronunciación de muerte sublime y tósigo desmedido

mientras que el alma herida ardía – cínica –

en el océano ventajoso aunque olvidado

de los confines de lo atávico inalcanzable.

“¡Levantad el velo, ser de lo más profundo,

noble masoquista de los tiempos más allá del tiempo!

Moráis como algo-nada más allá

del puente matriz y seno que infundió vida

a las ilusiones de la vida –

Vuestro umbral protegido por el caballero impío

quien no engendra más de ardua labor y fatiga

en las fauces de la luz diurna.

¡Arrastrad lo que fue frente a mí!

Este corazón no me pertenece a mí,

más sangro, más me arrastro sobre el vidrio de la verdad

solo para confesar –

Miradme con la memoria de los ojos

perceptivos y conscientes,

de vuestro esfuerzo y dolor en reminiscencia.

Abrazadme antes de que los arquitectos de la amargura

me expelen por la osadía de mi estancia y permanencia.”

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¡Simiente del oscuro tutelaje, abogante transcendente;

tú, que inadvertida izas sombras en los pantanos de la gente; tú!

Simiente del exilio intransigente del olvido y la inconsciencia,

desciende del trono negro de la verdad plena

y consagra mi presencia con tu mano guerrera.

Hoguera del sagrado árbol nocturno, ubicua numinosa,

despoja los rasgos de la esclavitud recóndita

para que el cadáver viviente en los jardines del fulgor inverso

se arranque los huesos y reclame su imperio

más allá del péndulo mordaz de los dioses durmientes.